A ver, por dónde empiezo…

Se supone que esta es la sección donde le saco brillo a mi currículum y te cuento las lindezas de mis títulos, lo buena que soy y todos los clientes con los que he trabajado…

Pero a mí me gusta más imaginarme con un moño canoso algo desordenado sentada en un sillón rojo rodeada de nietos…

…mientras me ajusto mis gafas púrpura a medio camino entre mis ojos verdes y mi nariz, me pongo medio melancólica y te cuento cómo he llegado hasta aquí.

Verás. Enseguida
lo supe.

Era febrero de 2018, miércoles, a eso de las 18.30 de la tarde.

Estaba en casa montando un maldito mueble con cien mil tornillos, y otras tantas puertas y cajones para el salón.

Y de repente…

-Ayyyy, ¡joder!– me eché las manos al vientre- Menudo pinchazo.

– Roci, algo te pasa…- me dijo mi hermana pequeña quien se estaba quedando en casa unos días.

No fueron uno,
Ni dos…

Sino varios pinchazos.

Nunca había sentido algo así.

Era como si algo en mi interior estuviera cambiando y mi cuerpo no encontrara mejor forma que punzarme desde ahí dentro para avisarme.

Al día siguiente fui a la farmacia.

20 minutos después, dos líneas perfectamente rojas brillaban sobre una especie de termómetro blanco y rosa haciendo que mis ojos casi salieran disparados de las cuencas.

¡Jodeeer, estoy embarazada!

Empezaba el viaje.

Martín fue un bebé buscado (bueno en realidad no tanto, al segundo intento… ¡bingo!).

Pero corroborar que vas a ser madre y hacerte a la idea de todo lo que se te viene encima…

Emociona y asusta a partes iguales.

Además, mi situación laboral y económica era del todo menos estable.

Hacía pocos meses que había vuelto de Chile después de siete años ganándome la vida como periodista.

Vale sí…

Tenía un puestazo en uno de los periódicos más vendidos de aquel país,
reconocimiento profesional,
mi relación de pareja por aquel entonces iba viento en popa,
pero la nostalgia me ganó el pulso.

Así soy, me puede lo emocional…

Bueno, a lo que iba.
Que tocaba empezar de cero.

Cuando en una de las primeras ecografías supe que iba a tener un niño, lloré.
Mi subconsciente se había hecho a la idea de que lo que llevaba en mis entrañas era una niña.

Quizá fueron las ganas de traer al mundo a una pequeña feminista…

Qué poco sabía de ser madre,
Y del amor infinito que te recorre la médula espinal cuando un hijo te da uno de esos besos blanditos y mojados que consiguen que se pare el mundo y llenan de alegría tus días.

Pues bien.

Esa fue la primera lección de maternidad que me dio la vida:
“No seas ilusa… Nada va a ser como tú piensas, ni como te lo han pintado”.

En fin.

Si algo tenía claro en toda esta aventura de traer una vida al mundo es que quería parir.

En serio.

Por alguna extraña razón no le tenía miedo al parto.

Quería vivir esa experiencia y ver cómo mi hijo salía de mis entrañas.
(Sentirlo no tanto, o al menos no fui capaz de hacerlo sin epidural. Por eso admiro profundamente a las mujeres que son capaces de tener un parto completamente natural. ¡Menudos ovarios!).

Total que…

Cuando me dijeron que Martín venía de nalgas y que si no se daba la vuelta a tiempo me programarían una cesárea, volví a llorar.

Y entre lo gorda que estaba y la fiesta que tenían ahí dentro mis hormonas…

¡Pues hala!, la segunda en la frente.

Así que hice lo habido y por haber para que mi hijo se colocara:

Posturas de yoga imposibles con la cabeza colgando boca abajo.

Gateaba por la casa durante horas. Había leído que ponerse a cuatro patas dejaba más espacio al bebé en el útero y eso podría facilitar que se diera la vuelta.

También lo intenté en la piscina embutida en un bañador negro dos tallas más grande de lo habitual.

Y claro, en vez de nadar a braza como el resto de estilosas embarazadas que me rodeaban,  me ponía a hacer el pino.

Y vuelta cabeza abajo.

Me miraban raro, lo sé…
Pero con toda mi dignidad sigo yendo al mismo gym.

Y eso no es todo…

Si hasta cuando estaba tumbada en la cama a oscuras, panza arriba,  encendía una linterna cerca del “agujero de salida” y le explicaba a Martín que el camino “era por ahí”.

Pues nada.
Él debía estar tan a gusto sentadito en mi útero,
Y yo mientras, erre que erre…

Unas semanas antes de la fecha de parto me sometí a una maniobra para que Martín se diera la vuelta.

Con previa aprobación y recomendación de mi matrona, por supuesto.

No creas…

Fue una decisión difícil.

O me conformaba con la situación y me resignaba a una fría y programada cesárea. (Que te digan la hora y el día en que te van a rasgar por dentro para extraer a tu hijo, me parecía muy violento. Aunque entiendo que muchas veces no queda otra, y lo respeto.)

O gastaba el último cartucho.

Me sometí a la maniobra, bajo el riesgo de ponerme de parto ese mismo día.

Primero intento,

Y Martín se dio la vuelta.

Respiré aliviada.

Por fin se había colocado.
Adiós cesárea.

Pero aquí no acabó la cosa…

Dos semanas después tuve una pequeña fisura en la bolsa amniótica y me provocaron el parto.

Tras más de 30 horas en el paritorio, cuando estaba a punto de dilatar lo suficiente para comenzar a empujar, el asunto se torció.

-¡Rápido, Martín no puede esperar más, hay que intervenir!
dijo el ginecólogo de turno.
Me llevaron corriendo al quirófano.

Lloré toda la cesárea.
No podía parar.

Después de todo lo que había esforzado por tener un parto natural, la vida volvía a recordarme que cuando la circunstancias se imponen,
de nada sirve resistirse.

Pues bien.

Eso sucede en la vida.

Pero meses después de tener a Martín, cuando decidí emprender en plena pandemia, sola (mi pareja se pasaba todo el día fuera) y con un bebé de meses pegado casi 24 horas a mi pecho… me di cuenta de que exactamente lo mismo ocurre al construir un negocio.

Porque un sinfín de circunstancias ajenas a ti pueden echar a perder tu facturación, y eso es demasiado arriesgado.

Por eso…

En los negocios más vale que tengas una estrategia sólida que sostenga a tu empresa.

Resumiendo:

Año y medio después de lanzar mi empresa, ya tenía 16 clientes y estaba ayudando a otras mujeres empresarias a romper el techo de facturación de sus negocios.

Porque para que un negocio consiga escalar su margen de beneficio, no basta con asumir lo que la vida nos depare, lo que las circunstancias nos imponga, lo que venga…

Hay que empoderarse,
dejarse la piel por sacar una idea a flote,
por ese proyecto que te hace vibrar…
Y estar dispuesta a seguir remando en línea recta hasta llegar a destino, pese a la tempestad.

Pero solo con eso no es suficiente…

Además de un buen producto, una audiencia cualificada y el mensaje correcto…

…tienes que tener un plan bien pensado que te permita ganar más, sin trabajar más, y tener más tiempo para ti y tu familia.

Más tiempo para disfrutar.
Para cuidarte.
para crear nuevos servicios o productos,
para vivir y dejar de resistirte.

Así que,

Si te interesa acompañarme en este viaje, aprender sobre copywriting, storytelling, estrategias de ventas y email marketing…

Si quieres diferenciarte, que tu marca se posicione en el mercado, vender más y mejor y cobrar más que tu competencia,

suscríbete a mi lista.

Por cierto, si te apuntas, te envío un audio de 10 minutos donde vas a aprender Cómo escribir una secuencia de emails de venta para lanzamientos y evitar los errores más absurdos.

Te advierto que este material no lo encuentras con facilidad en cualquier curso de email marketing de pago ahí fuera.

Si te interesa, deja tu correo aquí: